ÉTICA PROFESIONAL

ÉTICA PROFESIONAL Y FORMACIÓN JURÍDICA

I.- Consideración

La abogacía es una actividad y un grupo social al que pertenecen únicamente los profesionistas del Derecho que se dedican habitualmente a brindar asesoramiento jurídico y postular justicia ante los tribunales, pero en un sentido amplio consagrado por el uso la abogacía comprende a todos los individuos graduados en Derecho que se dedican a cualquiera de las múltiples actividades directamente relacionadas con el vastísimo campo de acción a que dan lugar la creación, interpretación y aplicación del orden jurídico, es en este último sentido que hablaremos de la abogacía.

Por culpa de los malos abogados que han sido y siguen siendo por desgracia, ya que la abogacía carga sobre sus espaldas una historia multisecular de burla y desprestigio sancionada no sólo por el alma popular sino por muchos espíritus selectos que no han dudado en lanzar contra ella sus denuestos.

Nos guste o no nos guste, es cierto que durante siglos una literatura mediocre y también una literatura de más alto nivel han formado del abogado una imagen pública como la de un ser codicioso vendedor de palabras o descarado prestidigitador de la verdad y de la justicia.

Cuál sería la imagen de la abogacía en el siglo XVI que las autoridades españolas en América por mucho que su acto sea discutible se vieron en la penosa necesidad de prohibir su ejercicio en los territorios recién conquistados. Los que del viejo mundo traían también acerca del abogado un pensamiento que se expresa en estas palabras cabales dichas lo mismo por el cabildo de la ciudad de México que por el de la ciudad de Buenos Aires “vengan clérigos pero no abogados”, ésta posición quiere decir simplemente que, así como el clérigo predica la paz y enseña la fraternidad entre los hombres, el abogado hace lo contrario: un enredador y picapleitos que los concita que perturba sus pasiones inferiores: que los enfrenta para salir con el pez en su anzuelo que inventa los problemas donde no los hay y con su arte y maña pone en juego, sale a flote con lo suyo aunque se hundan los demás. En fin no como un colaborador sino como un grave perturbador de la paz social.

Sin embargo aún suponiendo que el juicio negativo esté justificado, vale únicamente de los malos abogados por numerosos que estos sean pero no de la abogacía como profesión, pues ésta se define y encuentra su razón de existir en su fin principal y último la justicia. De aquí se desprende que la abogacía comporta como exigencia esencial la necesidad de ser exigida con un elevado sentido ético y que las primeras cualidades que debe reunir el abogado son en el sentido de la justicia y la rectitud moral.

Ni un picapleitos, ni un enredador, ni un leguleyo, puede ser el abogado, el profesionista de la abogacía, si el hombre que hay en el abogado fuere todo eso, lo será como tal, pero no como abogado antes bien, traicionando su profesión, porque no cabe el ejercicio de la abogacía sin las directrices éticas que lo gobiernan.

Consideramos en primer lugar, al abogado como un hombre de probidad moral, quiere esto decir que siendo el intérprete del derecho, ciencia cultural y teniendo por fin último de su actividad la justicia, valoración, cultura, también maneja categorías que son la expresión del espíritu y de la conciencia de un pueblo o sea categorías morales.

Por medio del derecho y de la ley se dirige la conducta de los hombres hacia la justicia dando protección a los bienes que garantizan el desenvolvimiento de la personalidad del hombre, de la libertad. Todo esto quiere decir valores morales, y estos valores morales sólo puede manejarlos debidamente quien esté dotado, a su vez, de probidad moral por encima de otros cualesquiera atributos; incluso el de la pericia, pues esa probidad moral es base y sustento de la abogacía.

Debemos de entender que hablar de la moral profesional es asunto de responsabilidades propias del hombre cabal, de aquél que es capaz de decidir consciente y reflexivamente sobre su propia conducta y de asumir los riesgos de las propias decisiones. El que consagra su vida a una profesión, a las responsabilidades morales que ya tiene como ser humano, añade de aquellas otras responsabilidades morales que son propias del ejercicio de su profesión.

El cirujano que trabaja sobre el cuerpo humano, el ingeniero que construye un puente o el abogado que tiene en sus manos un problema de justicia, está asumiendo especiales responsabilidades morales que no tienen aquellos que no se dedican a sus respectivas profesiones, así el compromiso de ejercer bien una profesión, significa asumir las responsabilidades morales propias de ella. Esto es verdad de cualquier profesión, sólo de esta manera se puede lograr una convivencia social que merezca el calificativo de humana.

La sociedad humana, se caracteriza entre otras cosas por ser un entretejido de responsabilidades: de los padres para con los hijos, de los cónyuges entre sí, de los ciudadanos para con las autoridades y de éstas para con los ciudadanos, de cada profesional para sus clientes y para la sociedad.

II. VOCACIÓN PROFESIONAL

A continuación haremos una breve reseña sobre lo que debiera tomarse en cuenta para el ejercicio de una profesión, ya que ante todo debe existir vocación profesional.

Cuando la vocación es auténtica, es decir, cuando corresponde a las potencialidades, habilidades, metas e ideales de la persona, entonces el ejercicio profesional crea una segunda naturaleza, y las actividades propias de la profesión se facilitan hasta hacerse muchas de ellas de manera casi automática. Entonces las responsabilidades profesionales se aceptan sin dificultad.

La carga extra de responsabilidades no se resiente como un gravamen que pesa sobre la conciencia y que podría inhibir la actuación, sino que se toma gustosamente como el acompañamiento natural del trabajo libremente emprendido. Si no fuere por la especial ayuda de la vocación, muchas personas responsables no se atreverían a asumir los compromisos peculiares a determinadas profesiones.

Acontece lo mismo que en el matrimonio, en el que las tendencias naturales al mismo ayudan a sobrellevar las cargas que implica. Pero hay una diferencia: la mayoría de las vocaciones no son resultado sin más de tendencias naturales, influjos del medio ambiente y decisiones libres. Por eso hablamos de una segunda naturaleza, es decir, de una conformación de la personalidad a la que se puede llegar por medio de la práctica deliberada de actos y que una vez lograda facilita las conductas concordantes con esos hábitos. Lo que nos lleva a otra reflexión.

La vocación, por perfecta que sea, no exime del cuidado de mantenerla viva, no sólo debe ser cultivada sino que, una vez lograda, debe seguir siendo atendida. La vocación que no se ejercita y vigila acaba decayendo y se puede perder, las responsabilidades morales que se asumen por ella son inyecciones que la revitalizan, y, al contrario, cuando se rehuye una responsabilidad moral propia de la vocación, ésta se debilita.

Así una vocación vigorosa es aquella que continuamente se enfrenta a las responsabilidades morales que le son propias, las asimila con naturalidad y se complace en ellas, los que tienen auténtica vocación no esperan recompensas materiales de su ejercicio profesional; para ello es suficiente la satisfacción del trabajo profesional bien cumplido, una vida así se siente llena, a pesar de los contratiempos e ingratitudes , porque se vive por un ideal mucho más elevado que uno mismo, un ideal que se ama y que merece todos los sacrificios.

Cuando se ama algo, no sólo desaparecen los titubeos ante las responsabilidades morales que ese amor exige, sino que las desea como ocasiones de afirmar ese amor. La fuerza última y definitiva que hace posible una vocación y las responsabilidades morales que se siguen de ella es el amor a los ideales propios de la vocación, con amor todo es llevadero, sin amor la vocación decae en un compromiso social que apenas se puede soportar.

De ahí que los aspectos normativos que regulan la conducta humana no se agotan en las disposiciones jurídicas, sino que, al lado de las reglas del Derecho, existen las normas del trato externo y las normas morales o éticas, por tanto, si las normas de la ética profesional son normas morales, corresponden a un ámbito no típicamente jurídico. Sobre la pertenencia de las reglas de ética a la moral y no al Derecho, opina el procesalista Ángel Francisco Brice que las reglas de conducta respectivas “no tienen la fuerza coercitiva de la legislación penal vigente; existen consignadas en los reglamentos de los Colegios de Abogados y su violación da lugar a las sanciones establecidas por esos reglamentos.

Sin embargo, las reglas de ética pertenecen al dominio de la moral y ello es suficiente para que lleven en sí la necesidad de cumplirse, so pena de merecer el desprecio de la sociedad, el establecimiento y cumplimiento de estas reglas son tan indispensables al decoro de la abogacía que la preocupación por su efectividad ha existido siempre.

Para Pedro Chávez Calderón, la ética profesional comprende deberes hacia los miembros de ese mundo y se dará prioridad a los deberes referidos a los clientes; en segundo lugar, estarán los que aluden a la institución donde trabaja; en tercero, los correspondientes a los colegas; y en cuarto, los relativos a la personas relacionadas con el círculo social.

La ética tiene una plena configuración moral y no jurídica, ya que como lo establece el Diccionario de la Lengua Española, “es la parte de la filosofía que trata de la moral y de las obligaciones del hombre. Por lo que se refiere a la ética profesional, es el conjunto de reglas de naturaleza moral que tienden a la realización del bien, en el ejercicio de las actividades propias de la persona física que se dedica a una profesión determinada”.

La ética profesional está integrada por normas de conducta de naturaleza moral, lo que significa que se trata de reglas de conducta con las características propias de las normas morales, es decir; son unilaterales porque frente al sujeto obligado no existe un sujeto pretensor con facultades para exigir el acatamiento de las reglas de conducta. Son internas porque no basta con que la persona se pliegue a la exigencia de la norma, sino que es preciso que en su fuero interno considere que con plena convicción, ha aceptado la procedencia de la obligatoriedad y no se le forzará al cumplimiento de la conducta debida. Esta característica va ligada a la autonomía, porque la propia persona la hace suya, y por último, no es coercible porque no tiene sanción.

Desde el punto de vista teleológico las normas éticas tienen como finalidad la realización del bien. El ser humano, poseedor de la libertad, está capacitado conforme a su propia naturaleza y libre albedrío, para conocer la suprema virtud del bien y para identificar el mal. Aplicado a una profesión, la rectitud de la conducta obliga a una actitud de respeto a todo lo positivo, ya sea desde una perspectiva personal o desde la perspectiva de nuestros semejantes.

La intervención de la ética profesional en el desenvolvimiento de la conducta humana de los profesionales es muy conveniente para el beneficio común de los integrantes de la comunidad. A este respecto coincido con Edgar Bodenheimer que nos dice que sería equivocado asegurar que, en una sociedad gobernada por el Derecho, la moral no tendría lugar salvo como guía íntima del alma o conciencia individual. En un verdadero sentido, la moralidad es el establecimiento de una jerarquía de valores supremos que han de gobernar a una sociedad.

La doctrina ética o moral nos aporta ciertos criterios esenciales para evaluar los actos y la conducta humana, en toda sociedad los valores morales que la guían se reflejan de alguna manera incorporándose al Derecho. El Derecho considera los motivos, intenciones y pensamientos de los hombres como importantes y relevantes, de otro lado, la mayor parte de las sociedades reconocen, además de las reglas de moralidad que han ido incorporadas a las normas jurídicas, otras normas morales.

Dentro de esa esfera el individuo es libre de actuar según su voluntad, es esencial al régimen de Derecho que no exista otro instrumento de carácter social que pueda deshacer la obra que el Derecho ha realizado, si esas reglas de moralidad que no han pasado al sistema jurídico estuviesen dotadas de sanciones coactivas semejantes a las del Derecho, quedaría prácticamente borrada la significación específica de la regulación jurídica.

El prestigio del individuo y de la profesión misma dependen de la observancia de las reglas morales integradoras de la ética profesional, por tal motivo, Manuel de la Peña y Peña , hace referencia a que el ejercicio de la abogacía es de suyo muy honroso y recomendable, así como el abuso de algunos profesionales lo hace odioso, vil y detestable. Incluso, a pie de página, se refiere con amplitud a los apodos que suelen darse a los malos abogados, y apunta que no sólo en el lenguaje del vulgo quejoso, sino en el de escritores muy juiciosos.

En consecuencia, la dignificación de la profesión de abogado, ha de enaltecer el acatamiento a las normas que derivan de la ética profesional, Para Manuel de la Peña y Peña, la existencia de esas desviaciones en la profesión de la abogacía ha de servir de ejemplo a los abogados para ejercer la profesión con integridad y decoro. Considera que la conducta de un mal abogado, por desgracia, en los pocos justos, lleva a desacreditar a todos los demás y aun se utiliza para hacer odiosa a la misma profesión que, como indica Manuel de la Peña y Peña, “es de lo suyo tan noble y provechosa, y que debiera ser muy respetable y estimada”.

Al ilustre filósofo del Derecho, Luis Recaséns Siches le ha preocupado la actitud a veces denostante que suele emplearse contra la profesión de la abogacía. Sobre ese particular expresa: “desde remotos tiempos circulan por el mundo dos ideas contradictorias sobre la profesión jurídica. Por un lado, la idea de que la profesión de abogado y la de juez constituyen el ejercicio de una nobilísima actividad. Por otra parte, abunda un juicio irónico de acre sátira, contra los juristas”.

La exigencia del apego a las normas de la ética profesional es asentada en la Enciclopedia Omeba “Hablar del abogado, implica, forzosamente, hablar de la ética profesional. Por ser tal, el abogado debe ajustarse a normas de conducta ineludibles, que regular su actuación, enaltecen y dignifican a la profesión. El alto ministerio social que cumple, los intereses de todo orden, la libertad, el patrimonio, la honra, que le son confiados y el respeto que debe guardar a sí mismo y al título universitario que ostenta, exigen del abogado el cumplimiento fiel de las normas de ética consagradas por la tradición”.

En concepto de Rafael de Pina, es a veces tan imprescindible la ética profesional que el Derecho se encarga de recogerla y de convertirla en normas jurídicas. Establece al respecto: “el hombre como es sabido no está únicamente sujeto en su vida de relación a normas jurídicas, sino que sobre él gravitan las normas morales no menos importantes y eficaces”. En opinión de Carnelutti el Derecho es un medio dirigido a reducir a la moral la conducta de los hombres”.

También juzga esencial a la profesión de la abogacía la ética profesional el jurista español Antonio Fernández Serrano, citado por Carlos Arellano García, cuando afirma: “es éste un requisito universalmente exigido, pues no se concibe que una profesión que coopera a la sagrada función de la administración de justicia y que radica en servicios de confianza, pueda ser desempeñada por quienes no se ajustasen a las normas de un vivir honesto.

El atributo esencial del abogado es su moral, la abogacía es un sacerdocio; la nombradía del abogado se mide por su talento y por su moral, y Osorio estima que” en el abogado la rectitud de la conciencia es mil veces más importante que el tesoro de los conocimientos”. La conducta moral es la primera condición para ejercer la abogacía, nuestra profesión es ante todo, ética, el abogado debe saber derecho, pero, principalmente, debe ser un hombre recto.

En el siglo XVIII, se entendía por abogado “un hombre de bien, capaz de aconsejar, defender a sus conciudadanos”, para otros la vida profesional se resume en una sola palabra: “honradez”. Tan importante es la ética profesional, que el acatamiento a las normas jurídicas, sin un adecuado contenido ético de tales reglas de Derecho es sólo una fuerza que doblega, para que sea un auténtico deber, es menester una presión interna de la conciencia del sujeto obligado.

Conforme al criterio de Nicolai Hartman, el terreno de la ética es el más difícil para el hombre porque debe comprender a sus semejantes y no debe imponerse a los demás. De las nociones analizadas derivamos la reflexión de que la ética profesional es imprescindible para matizar el contenido de las normas jurídicas que regulan la actividad profesional del abogado pero, además es indispensable para enaltecer la dignidad de nuestra profesión y para mantener el decoro que apoye el prestigio de una actividad tan noble puesto que su finalidad es sostener la convivencia armónica en el seno de la sociedad.

El abogado no puede ocupar el lugar de conductor de hombres si no mantiene la aureola de dignidad propia de una profesión que tiene como base la confianza de los semejantes. La maldad es un motivo de repudio y de justa censura; por tanto, el abogado en su actuación ha de apegarse a la realización del bien en todas aquellas ocasiones en que el obrar profesional lo coloque ante una disyuntiva de bien o mal. Ese es el gran objetivo de la ética profesional que justifica plenamente su existencia.

Por supuesto que no bastaría la existencia de las reglas de ética profesional, sino que es preciso su acatamiento. A tal efecto, Marco Tulio Cicerón expresaba: “No ha de poseerse la virtud a la manera de un arte cualquiera, sin practicarla, la virtud consiste precisamente en la práctica”. El abogado ha de creer en la ética profesional y, concomitantemente, ha de apegar su conducta cotidiana a los postulados de moralidad contenidos en ella.

Estamos ciertos de que el tema de la ética profesional no deja de tener fuertes nexos con la Filosofía, por ello, es oportuno citar a Rudolf Stammler, quien confirma el enfrentamiento cotidiano con los principios de la ética profesional. Determina este autor: “Cada día que amanece trae para cada hombre nuevos problemas interiores, nuevas dificultades que agitan su espíritu. Y si quiere gozar de seguridad y sosiego tiene que dar a esos problemas soluciones que pueda refrendar un juicio crítico. Los deseos y los afanes hay que subordinarlos a la ley suprema de la rectitud de voluntad y tomar ésta por mira de orientación”.

Por tanto, no sólo es necesario tener en el ejercicio profesional el constante contacto con la ética profesional, sino que es de interés cotidiano. Por supuesto que ante la posible dificultad que pudiera encontrarse en la determinación de los principios éticos, orientados hacia la realización del bien, es conveniente examinar en particular los deberes que se han señalado como integrantes de las reglas de conducta morales que conforman la ética profesional.

III. PREPARACIÓN EN LA ÉTICA PROFESIONAL DE LOS ESTUDIANTES

Sobre la preparación de los estudiantes de Derecho en la ética profesional, es indudable lo certero de la serie de argumentaciones en el sentido de que debe prepararse con la técnica y la ciencia jurídica, simultáneamente, hacia el conocimiento de los deberes morales que le darían el lugar de dignidad que corresponde al especializado en Derecho.

En materia de formación profesional se identifican, en muchos casos, perfiles profesionales de licenciatura que no alcanzan a satisfacer la amplia diversidad y movilidad de un ejercicio profesional cambiante, que exige creatividad, espíritu emprendedor, motivación permanente y una alta capacitación; no sólo en el campo del conocimiento específico de que se trate, sino además, en una gran gama de metodologías y sistemas de información, sin olvidar por supuesto el elemento valoral, el sustento ético que debe guiar toda formación humana.

A este respecto, en la Enciclopedia Jurídica Omeba con acierto se apunta: “Muchas veces los jóvenes entran en la Facultad de Derecho y salen de ella, sin saber qué es el abogado, en que consiste la abogacía y cómo debe ejercitarse la profesión”. Piensan que es un medio de enriquecerse, desempeñando una profesión lucrativa. El abogado es casi siempre, para ello, un hombre diestro en el manejo de las leyes, conocedor de toda clase de artimañas para defender, al mismo tiempo, lo blanco y lo negro.

Su tarea, para algunos, consiste en defender cualquier cosa, mediante una paga. Ya no importa cuán injusta o repudiable pudiera ser la causa defendida. La culpa no es de ellos, sino de la defectuosa preparación, excesivamente libresca, de nuestros planes de estudio, no se les enseña a ser abogado, no se les instruye sobre las reglas de su conducta profesional. Lo aprende por sí solo, a fuerza de golpes, errores y fracasos, y en este aprendizaje suele dejar jirones, a veces irreparables, de su propia moral.

La precariedad de la preparación ética de los futuros profesionales del Derecho, es claramente marcada, por Giorgio Del Vecchio, en las siguientes frases “es necesaria, la preparación técnica de los juristas y de los abogados una compleja organización didáctica que no tiene correspondencia en el campo de la moral. Así éste si se le compara con el jurídico se halla casi abandonado y sin cultivar, se muestra muy deseable que la enseñanza de la moral tenga un adecuado desarrollo, unida a la del Derecho, como integradora del mismo y promotora de su progreso.

El antiguo director de la Escuela Nacional de Jurisprudencia, José Castillo Larrañaga ha mostrado inquietud por el abandono de la preparación ética que se debe impartir a los estudiantes de Derecho: Considera que una asignatura sobre la práctica jurídica “mejor que en cualquier otra, caben las orientaciones morales y éticas dolorosamente abandonadas en nuestras escuelas. Es la clase de práctica el lugar en donde los jóvenes juristas deben conocer a los guías que por su virtud y saber influyan de modo eficaz en el prestigio de la abogacía por haberla honrado en su ejercicio”.

Herrera expone a este respecto que “la sociedad en su conjunto demanda de profesionales que: a) Sean capaces de abstraer globalmente los procesos con los que trabajan; b) dominen las estrategias cognoscitivas que les permitan analizar datos formalizados; c) posean herramientas conceptuales y metodológicas que les aseguren administrar y conseguir recursos extraordinarios; d) funcionen con esquemas de pensamiento anticipatorio que promuevan el impulso de los elementos de mayor potencialización de futuro y conducción estratégica de la producción y; e) tengan capacidad de diálogo con todos los niveles de la organización.

De este modo, la formación de los profesionales deberá descansar en la incorporación de mayores niveles de conocimiento, fomento del trabajo en equipo, capacidad de interacción simbólica, amplio conocimiento del proceso productivo, desarrollo de un pensamiento innovador y anticipatorio y la construcción de mentalidades críticas y prepositivas.

Se puede afirmar que el joven sistema de educación superior mexicano fue desarrollándose no con la planeación y evaluación que los educadores hubieran querido; en gran parte, la elección para el establecimiento de los programas de licenciatura se realizó repitiendo los ya existentes y copiando los planes y programas de estudio.

En materia de desarrollo curricular se identifican también avances, en particular para finales del siglo XX. Las instituciones de educación superior (IES) tenían un importante desarrollo en esta materia. En el caso de las universidades públicas se consideran entre otros avances: la actualización de contenidos y diversificación de carreras; el haber superado estructuras curriculares en las que se contemplan verdaderas cadenas de seriación que iban del inicio al final de la licenciatura y sólo con asignaturas teóricas que no incluían la parte práctica del conocimiento profesional; la reducción de la duración de las licenciaturas a ocho o nueve semestres en promedio y la eliminación de semestres previos y terminales; la delimitación de perfiles profesionales y explicitación de programas de estudio, así como la ampliación de las opciones de titulación

Los rasgos más representativos del desarrollo curricular en México en las últimas décadas fueron las que a continuación se indican: Se establecieron sistemas de créditos; se superó el sistema anual por el semestral; se logró romper con el mito de las seriaciones; se pudieron establecer programas con tronco y asignaturas comunes; se incorporaron talleres, seminarios, prácticas de campo, clínicas, etc., en la formación profesional, que aborda la parte práctica, además de las teorías y metodologías.

Se concluye en este punto que, en materia de formación profesional, el elemento rector de su orientación, lo constituyen los planes y programas de estudio, integrados en un sistema de valores, contenidos, metodologías y estrategias educativas que determinan las actividades y funciones académicas de una universidad.

Sin embargo, el desempeño consecuente de nosotros los docentes no se logra por efecto de compartir ideológicamente tales lineamientos, ni sólo el sentido de responsabilidad con que realicemos nuestra tarea, tampoco únicamente de de la vocación, aunque todo esto es importante, la docencia en ética exige un proceso de renovación y formación permanente que nos permita, entre otras cosas:

  1. Superar visiones fragmentarias del conocimiento y la educación, de las que se deriva que educar en materia de ética es asunto exclusivo de filósofos o de carreras humanistas;
  2. Enriquecer nuestro arsenal de opciones metodológicas para abordar cuestiones éticas relacionadas con el ejercicio profesional de los estudiantes;
  3. Desempeñarnos como profesores reflexivos y transformativos, además de especialistas en nuestra área de conocimientos;
  4. Asumirnos como profesionales de la docencia un compromiso ético, además de pedagógico.

Con todo, esto comienza por develar supuestos generales, en buena medida arraigados en la institución educativa y, ¿por qué no decirlo?, en nuestras prácticas docentes. Supuestos tales como: que el objetivo de la educación universitaria es preparar profesionistas sólo en el dominio de su disciplina; que la educación inevitablemente reproduce el orden social, más la universidad por suponer que ahí los estudiantes ya tienen formada y definida su personalidad y sus valores; que para ser buen docente es suficiente el dominio en la asignatura.

Por el contrario, educación es construcción, no sólo de conocimientos disciplinares, así sea a nivel profesional, sino también de sujetos que participan y construyen con sus acciones procesos y situaciones sociales. Educar es formar seres humanos con algo más que cognición: imaginación, ideas, emociones y valores, que también toman parte en sus decisiones y sus actividades.

La educación no sólo reproduce, también implica retos y posibilidades de acción para que el trabajo docente sea espacio de innovación y transformación pedagógica con sentido ético. Actualmente nuestros planes de estudios y programas de asignatura con que trabajamos contemplan cuestiones éticas, pero en lo particular como materia optativa, pareciera contravenir lo previsto particularmente. Sin embargo, como profesionistas sabemos de su importancia para el ejercicio profesional, la vida personal y social.

Tal vez, incorporar el tratamiento de cuestiones éticas en nuestra práctica dé lugar a actuar, una vez más, a contracorriente de circunstancias materiales, administrativas y económicas que a veces limitan las posibilidades de acción. También es cierto que las cosas no siempre son tan rígidas, los docentes contamos con márgenes de autonomía y flexibilidad que nos permiten actuar como algo más que simples mecanismos de transmisión.

Puesto que los docentes somos quienes dinamizamos las prácticas pedagógicas reales, podemos redimensionar nuestro quehacer con relación a los contenidos temáticos, a la vida escolar, al ejercicio de la autoridad, a las relaciones entre estudiantes-profesores y al intercambio de maneras de concebir el mundo, a la sociedad y al ser humano, lo que implica valores y opciones éticas. Por ello debemos de asumir un papel más importante que el de transmisores de información, debemos ser mediadores pedagógicos, es decir, creadores y organizadores de las situaciones de aprendizaje, con relación a la asignatura que impartimos, pero también a las cuestiones éticas implicadas en la vida personal y profesional.

Nuestra experiencia docente, nuestro conocimiento de la profesión y nuestra creatividad son elementos especialmente valiosos para planear y organizar esas situaciones de aprendizaje que articulen la preparación especializada, con la reflexión y el análisis de situaciones concretas en forma de problemas éticos. Renovar nuestra práctica docente implica planear procesos educativos en los que se presenten situaciones, algunas vinculadas al mundo de la profesión, que den pie a la reflexión y al análisis de la situación expuesta y de referentes documentales útiles para fundamentar dicho análisis.

Para esto, por supuesto, es especialmente importante no perder de vista que el docente como persona es portador de conocimientos, de cultura y también de valores, con base en los cuales interpreta, selecciona, jerarquiza y presenta a los estudiantes actividades y contenidos temáticos, pero que no debe ser para imponerlos sino para dar ocasión a que el alumno sea quien piense, actúe, se exprese y construya el conocimiento con base en esas situaciones de aprendizaje participativas planeadas y puestas en marcha por el docente.

Así las cosas, planear significa diseñar formas diferentes de promover el aprendizaje, de organizar los contenidos, de dirigirse a los estudiantes y relacionarse con ellos. La planeación no ha de desembocar necesariamente ni en propuestas rígidas de acción que limiten al educador, ni en programas ideales fuera de contexto. Se busca propiciar la reorientación de nuestra práctica docente con la dimensión ética, no precisamente con el discurso teórico y filosófico alejado de la realidad escolar, sino a través de la revisión juiciosa de nuestras prácticas, así como de los valores que subyacen en ellas, en todos los planos; el establecimiento de los objetivos educativos; la selección de contenidos y las actividades para su tratamiento pedagógico; los roles docente-estudiante y las formas comunicativas de interacción en el aula y la propia facultad; nuestras nociones de enseñanza, aprendizaje, disciplina y evaluación; las actitudes a promover en los estudiantes, así como las de los profesores en su intervención.

Es cierto que existen funcionarios inmorales, pero no es la regla, hay muchos abogados, que prestan sus servicios en las diversas dependencias de la administración pública o del poder judicial que son absolutamente honrados. Que cumplen sus funciones con limpieza, con dignidad. Muchos han vivido durante muchos años en forma modesta, sin pretensiones, sin aparecer en los lugares de lujo, preocupados por sostener un hogar en la mejor forma con sus bajos ingresos, deseosos de educar a sus hijos de la mejor manera, con muchos sacrificios para pagar sus estudios.

Encontramos también abogados litigantes en los que los clientes pueden tener confianza absoluta, porque no son capaces de engañarlos, ni de pedirles algo que no les corresponde, que luchan por ellos con fe y convicción; pero siempre dentro del terreno de la ley; que se sentirían manchados si tuvieran necesidad de obtener un fallo por medio del soborno, que trabajan infatigablemente, a veces con ingresos reducidos, pero cuya satisfacción es que nadie pueda con justicia imputarles un engaño o una deslealtad.

Por lo tanto, al enseñarse el Derecho, también debe de mostrarse al alumnado el contenido de las reglas morales que tendrán vigencia en su vida profesional si quiere conservarse como un hombre y un profesionista digno de la alta investidura de la abogacía. La ética profesional dotaría al estudiante del instrumental moral para realizar con eficacia las actividades profesionales. Pero se sabe de la existencia de una realidad en que un sector de los profesionistas jurídicos, actúan utilizando toda clase de triquiñuelas y maniobras, en la mayoría de los casos por falta de una preparación adecuada, provocando una actitud de desconfianza del hombre común hacia el hombre de derecho. Por lo que es importante respaldarse la necesidad de la preparación adecuada en la ética profesional en la abogacía y que lo óptimo sería encargar tal cátedra a quien se ha distinguido por honrar la profesión en su ejercicio cotidiano.

Nos interesa formar profesionistas no sólo con conocimientos de tal o cual especialidad, sino también en cuanto a cualidades éticas y humanas para un desempeño responsable y de calidad, habremos de concluir que la educación en ética debe estar presente en toda formación profesional y que todo docente tiene parte de responsabilidad en esa tarea, tomando como base la relación entre el ejercicio de la profesión y la actitud ética del profesionista.

Para tal efecto, sin pretender que todos los docentes se conviertan en especialistas de ética, es indispensable que cuenten con fundamentos conceptuales y criterios metodológicos, para introducir en sus espacios curriculares aspectos éticos, preferentemente ligados con la aplicación del conocimiento de cada carrera y con el desempeño profesional.

En este sentido, lo conducente es que la formación ética no consista solamente en una asignatura más y de manera exclusiva en algunas especialidades o maestrías, sino que se convierta en una dimensión educativa presente en múltiples puntos de las asignaturas que integran el currículum de toda carrera profesional e incida y complemente el desarrollo intelectual de los profesionistas con su formación como personas y como ciudadanos.

Puesto que la formación ética guarda su propia naturaleza una estrecha conexión con la vida, por lo que se hace indispensable abordar sus contenidos y tratamiento con relación a situaciones comunes de la vida personal y, sobre todo, profesional. Esto entraña una doble posibilidad: por un lado, la oportunidad de superar procedimientos didácticos convencionalmente apegados al libro de texto y a prácticas expositivas de los maestros; por otro, la incertidumbre respecto a cómo proceder ante la ausencia de un temario cerrado y una técnica centrada en el profesor.

Asimismo, existe el riesgo de generar prácticas moralistas más que éticas, basadas exclusivamente en el sentido común o en las personales creencias morales de cada profesor. Por ello es importante contar con fundamentos de ética y responsabilidad social para la formación profesional, así como con criterios y procedimientos didácticos básicos para el proceso de enseñanza-aprendizaje en dicha temática.

Respecto a esto último, “el método de casos” se presenta como una estrategia especialmente valiosa para el tratamiento de contenidos de ética en la educación profesional superior, por retomar situaciones concretas como materia desencadenante de problematización, reflexión y análisis, donde se vinculen los contenidos conceptuales con los actitudinales ya que éstos son decisivos en la formación integral de los futuros profesionistas.

Inclusive darse una orientación ética a los que están por egresar en su ejercicio profesional y crear conciencia de que la abogacía es una profesión al servicio de la colectividad. Pero ¿cuál es el procedimiento a seguir?, estimamos que esto sería con los seminarios que se impartieran en los dos últimos semestres, que podría ser un estudio de los principios establecidos en la ética profesional.

 

III. CONCLUSIÓN

En conclusión la formación ética es una necesidad inaplazable en las universidades, tanto a nivel de las propias instituciones, como de todos sus actores. El papel socializador de las universidades en esta tarea sigue siendo crucial, no basta con preparar buenos profesionales, en conocimientos y habilidades en ciencia, tecnología y cultura, si no se incluye la reflexión de principios y valores, en las disciplinas científicas, hay en general, un mayor énfasis en la preparación cognoscitiva y técnica que en la formación ética.

Sin embargo, ésta última, añade consistencia moral al contenido científico y técnico y a las propias disciplinas. La ética, en y desde las universidades, es una oportunidad para la consolidación intelectual y moral de la vida universitaria y de la sociedad en su conjunto, ya que la universidad ha sido, desde sus orígenes la encargada de formar profesionales y especialistas en las diversas áreas del conocimiento para contribuir en la formación de los ciudadanos ya que el conocimiento ha sido siempre la base de conformación de las profesiones.

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4 comentarios en “ÉTICA PROFESIONAL

  1. soy estudiante de derechoyme gustaria queme mandara y me ayudaran informacion sobre esta carrera ya que aveces nopuedo encontrar temas mandadospor los profesores,encuentro en el internet perono medan informacion sobre isbn k esloque me piden porfavor me gustaria cuando ustedes manden informacion manden con el isbn y el autor, gracias

  2. holA SOY DE PERU UN PAIS MARAVILLOSO EN TODO EL SENTIDO DE LA PALABRA Y MI NOMBRE ES ANDRU Y MI VOCACION PARA MI PORVENIR ES SER UN GRAN ABOGADO PARA CONTRIBUIR A LOS DERECHOS CON JUSTICIA DE MI SOCIEDAD DE IGUAL MANERA RELACIONARME CON GENTE DE DIFERENTES PAISES PARA COMPARTIR MIS IDEALES

  3. Hola, buen artículo.

  4. FELICITACIONES POR TAN IMPORTANTES TRABAJOS. QUISIERA QUE AMPLIARA SOBRE LA DEONTOLOGIA FORENSE.
    GRACIAS

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