El Abogado y el NCPP

Formación del abogado en la Facultad de Derecho

Es en la Facultad de Derecho donde comienza la formación del abogado litigante. En el sistema oral es fundamental la reputación profesional que uno tenga ante la comunidad jurídica y ésta se comienza a formar desde el aula universitaria. La que se forje, buena o mala, lo perseguirá durante toda su trayectoria profesional. Es usted, o el compañero estudiante que está a su lado, quien en el futuro podrá ser juez, Vocal de la Corte Suprema de Justicia, quizás el próximo Procurador General o Fiscal General de la República. La carrera de Derecho debe estudiarse, no para obtener una buena calificación en los cursos recibidos, sino pensando en una formación profesional de excelencia. Lo que aprenda e internalice en esa etapa de su formación será su mejor herramienta de trabajo en el futuro batallar del foro judicial. Muchos estudiantes, señalan, que a los profesores, por regla general, les incomodan las preguntas de los estudiantes y no fomentan la discusión de temas en clase. Se limitan a dictar el curso y el estudiante a copiar en sus cuadernos lo dicho por aquél. Algunos, según ellos, reprimen al estudiante que les cuestiona o simplemente exterioriza alguna duda, crítica o inquietud sobre lo impartido en clase. Como algunos estudiantes me han dicho: “Muchos de los profesores nos marginan cuando preguntamos.” Ante esta situación los alumnos optan por quedarse con sus dudas y cerrar la boca; reforzando así la actitud prepotente de aquéllos. Lo anterior en nada ayuda a la formación de verdaderos profesionales del Derecho. Esta profesión se trata de un cuestionamiento recurrente de lo establecido. Si no se fomenta, desde la formación académica, el instinto a cuestionarlo todo, ¿cómo pretenderemos que el futuro abogado pueda realizar su labor eficientemente? Recuerde que para creer firmemente hay que empezar por dudar. En los cursos de Derecho se debe permitir y hasta fomentar la discusión de las normas y doctrinas jurídicas. Cuando de Derecho se trata nadie tiene la verdad de su lado. Lo importante es determinar si el futuro abogado posee las herramientas para poder analizar un problema jurídico y ofrecer alternativas de solución razonablemente aceptables y viables. ¿Cómo podríamos percatarnos de ello si no se fomenta una franca y abierta discusión en el aula? Al estudiante hay que enseñarlo a pensar. La mente es como cualquier músculo del cuerpo, si no se usa se atrofia. Como dice un antiguo proverbio;

“Si das pescado a un hombre, ese día comerá. Pero si lo enseñas a pescar, comerá siempre.”

La labor del profesor es enseñar al estudiante a “pescar”. El profesor y el estudiante tienen que ser compañeros. No pueden verse como enemigos ni como competidores. Claro está, siempre dentro de un marco de respeto mutuo. El profesor comprometido con la carrera docente debe sentirse orgulloso de estudiantes que lo cuestionen continuamente. No así de aquéllos que lo aceptan todo sin cuestionar. El profesor que no conozca la respuesta a lo cuestionado o preguntado por algún estudiante, así debe admitirlo y para la próxima sesión deberá llevar una solución razonable al problema planteado. De esta forma se ganará el respeto y la admiración de sus alumnos. Por otro lado, el estudiante debe sentirse en un ambiente cómodo. En el cual no sienta temor de cuestionar todas aquellas dudas que le surjan, por más simples que éstas parezcan. Después de todo, por eso es estudiante. Debe sentirse libre para poder expresar sus inquietudes, opiniones, críticas y comentarios en relación con los temas que se analicen y discutan en clase. Como dijo Rosseau; “Se tiene que haber aprendido mucho para poder preguntar sobre aquello que no se sabe.” Otra situación que me han hecho saber los estudiantes es que muchos profesores no enseñan todo lo que podrían por temor a que si enseña todas sus técnicas y conocimientos ese estudiante, en un futuro, podría ser mejor que él. El profesor que así piense debe dedicarse a otra cosa que no sea la docencia. En mi opinión, la mayor gratificación que puede recibir un profesor a su labor como docente es haber sido partícipe en la formación de un profesional que lo supere en excelencia. El profesor debe recordar que ese estudiante que hoy está ante él, mañana será su colega de profesión y quizás hasta su jefe. Con ese mismo respeto, consideración y deferencia que sea tratado, tratará éste a los demás, y a usted mismo, en el futuro. Si alguna profesión se caracteriza por ser circular, es decir, hoy se está aquí y mañana no se sabe dónde se estará, es la profesión jurídica. Nunca olvide que los giros que da la vida son innumerables e inesperados. Es necesario añadir que el estudio del Derecho necesita ser de forma organizada. Todo lo que adquiera en la universidad será de utilidad en su futuro desempeño profesional. Se recomienda comenzar creando un archivo organizado por materias desde el primer curso, el cual deberá seguir actualizando cuando sea ya un profesional. Debe también mantenerse al día en todo lo relacionado con el quehacer jurídico. Darle lectura a todo aquel material que, aunque no le haya sido asignado para una clase en particular, le sirva para enriquecer su acervo cultural. Recuerde que el abogado no sólo debe saber Derecho. Debe ser una persona conocedora de diversos temas. Tantos como le sean posibles. En muchos de los cursos universitarios que tuve la oportunidad de impartir, fueron varias las ocasiones en que, cuando le solicitaba a los estudiantes sus comentarios y reacciones sobre el caso de naturaleza penal que aparecía destacado y analizado en la prensa del día, muy pocos de éstos sabían a qué caso me estaba refiriendo. Sin embargo, la gran mayoría tenía conocimiento del resultado del último partido de fútbol. Quizá por ello la sección deportiva es la primera que aparece en los periódicos. Considero inapropiado que el estudio del Derecho se comience a estudiar a tan temprana edad como ocurre en el país.

Estudiantes entre dieciséis y diecisiete años de edad, recién graduados de la secundaria, entran a un ambiente totalmente ajeno y distanciado de sus intereses. A esa edad, como norma general, no se está pensando en problemas sociales, ni en cómo solucionarlos. Por otro lado, no adquieren conocimientos básicos generales antes de entrar de lleno al estudio especializado en Derecho. Sería recomendable un sistema de formación en el cual, antes de entrar de lleno al estudio de la carrera, recibieran cursos básicos de historia, psicología, filosofía, sociología, ciencias políticas, economía, administración pública, lógica, etc. Muchos de los estudiantes no tienen métodos de estudio ni la experiencia necesaria para determinar qué es lo que realmente desean hacer con su futuro. Este problema lo resume lo expresado en una ocasión por un exitoso abogado: “¿Sabes qué es lo gracioso de la vida? Que cuando la mayoría de la gente se da cuenta de lo que realmente quiere y cómo obtenerlo, suele ser demasiado tarde. Los jóvenes no saben y los viejos no pueden.”

Perfil del abogado litigante

Muchos abogados educados y formados en el sistema acusatorio adversativo conocen a la perfección las técnicas de litigación oral. Sin embargo, cuando llega el momento de aplicarlas, a una gran cantidad de ellos, se les hace difícil ejecutarlas con éxito. En mi opinión, ello se debe a que de nada sirve conocer la teoría en técnicas de litigación oral si no se posee la personalidad adecuada para ponerlas en práctica. Hay una serie de cualidades o rasgos de personalidad que, a mi entender, debe tener toda persona que desee adentrarse, con razonable éxito, en el campo de la litigación oral.

Seguridad y autoestima

Para ser un buen abogado litigante primero tiene que auto conocerse y trabajar con su personalidad. Es decir, con su forma de ser. El abogado litigante tiene que ser una persona segura de sí misma y poseedora de una gran autoestima. No debe angustiarse por cualquier percance que tenga que confrontar. Como primer paso tiene que eliminar el concepto de la ofensa. No debe ofenderse por nada; repito: por nada. La persona que se ofende es una persona insegura de sí misma y de lo que es. Tiene que llegar al estado que, le digan lo que le digan, hacer caso omiso y reírse de ello. Tiene que tener buen sentido de humor. Aprenda a reírse de sí mismo. Si no se ríe de sí mismo, ¿de quién se va a reír? Nadie debería tomarse la vida tan en serio como para olvidar reírse de sí mismo.

Vencer la timidez

Una característica esencial que debe tener un buen abogado litigante es que no puede ser penoso o tímido. Este campo es para personas decididas. La pena es un rasgo de la personalidad que puede ser vencido. Claro está, en ocasiones la pena y la timidez son producto de la falta de seguridad. Ésta, generalmente, es consecuencia de la falta de preparación. No puedo concebir un abogado litigante penoso, tímido e inseguro. Siendo así no se posee ni se refleja la autoridad, confianza y seguridad necesaria para convencer y persuadir a alguien de algo. A fin de cuentas, de eso se trata esta profesión, de convencer y persuadir a otros de nuestra posición en determinado asunto.

Sentido de crítica y autocrítica

Debe tener también un claro sentido de la crítica y la autocrítica. No puede ser de esos que creen saberlo todo y que tienen la verdad “agarrada por el mango”. Debe estar abierto a escuchar críticas y consejos de otros. Analizarlos objetivamente, y aceptarlos, si queda convencido con los mismos.

No temer cometer errores

La litigación oral requiere de un continuo actuar y proceder por parte del abogado litigante. Muchos de ellos limitan sus actuaciones por temor a cometer errores. No se puede actuar con miedo. El que tenga miedo “que no salga a la calle”. Como alguien dijera en una ocasión, “el hombre que asume pocos riegos hará pocas cosas mal, pero haría pocas cosas en la vida.” El miedo es una respuesta condicionada, un hábito arrasador que puede, si no está atento, consumir fácilmente toda su energía, creatividad y espíritu. Cuando el miedo enseñe su horrible cabeza, córtesela de raíz. La mejor manera para ello es hacer precisamente aquello que teme. No tema cometer errores. En la vida no hay errores, sólo lecciones. Cometer errores no es nada malo. Éstos forman parte de la vida y son esenciales para el crecimiento personal. Como alguien expresara en una ocasión: “La felicidad es fruto del buen criterio, el buen criterio es fruto de la experiencia, y la experiencia es fruto del mal criterio.” Lo que sería imperdonable es repetir los mismos errores una y otra vez.

No ser indeciso

Un requisito para todo aquel que decida entrar en el campo de la litigación oral es que tiene que ser una persona dispuesta a tomar decisiones y asumir responsabilidad por las mismas. El abogado litigante no puede ser una persona indecisa. Éste, al igual que el juez, tiene que estar tomando decisiones día a día, minuto a minuto. Por tanto, tiene que estar dispuesto a tomar decisiones continuamente. Muchas de éstas, sin duda, serán muy controversiales. Pero tendrá que tomarlas aunque puedan resultar equivocadas. La infalibilidad de éstas nunca está garantizada. Al tomar decisiones, de entre varias opciones posibles, debe estar consciente del riesgo que se corre al hacerlo; y asumir con entereza el éxito o el fracaso que éstas conlleven. La indecisión surge, en la mayoría de los casos, cuando la persona se exige a sí misma mucha seguridad. Otros no admiten la posibilidad de cometer un error y al no quererse responsabilizar por éste: dudan. Esa duda los lleva a la indecisión. A otros les aterroriza el pensar, si quiera, en un posible fracaso. Por el contrario, la persona que está clara en que el acierto de una decisión no puede estar garantizado, no le cuesta tomarla. Toma decisiones de acuerdo a sus conocimientos y a lo que considera más justo, conveniente y oportuno, en las situaciones que se le presenten. Mi recomendación es que cuando tenga que tomar una decisión, entre varias opciones posibles, decídase por aquella que, en el momento que le sea solicitado, pueda defenderla con razonamiento lógico y fundamentado. No tome decisiones por complacer a otras personas, inclusive a un superior o a un jefe. Recuerde que “la cuerda siempre parte por la parte más fina.” Conozco muchos casos de jueces, fiscales y abogados defensores que han perdido sus títulos profesionales por haber tomado decisiones en contra de su propio criterio, inclusive, aun convencidos de lo contrario, por el sólo hecho de complacer una petición de su jefe inmediato, ya sea por temor a éste o por complacerlo y agradarlo. Cuando se toma una decisión a base de esas consideraciones y como consecuencia de ello se produce algún problema, ese jefe inmediato es el primero que lo deja solo y lo abandona a su suerte, no asumiendo responsabilidad alguna por ello. Inclusive, podrá negar que le hizo tal solicitud. En el peor de los casos, podría decir que le solicitó que decidiera lo contrario y que fue usted el que lo desobedeció. Si en algún momento, ya sea como fiscal, como abogado defensor, o como juez, algún superior le solicitara que tome una decisión contraria a la ley o contrario a lo que entiende correcto: niéguese a ello terminantemente, no importando las consecuencias que ello le pueda ocasionar. Esa acción de su parte podrá sustentarla y defenderla, aún en el caso de que haya resultado ser una decisión equivocada. Por el contrario, si la decisión tomada fue por temor o por complacencia, esa será su única defensa: que aun estando consciente que no era la decisión correcta, la tomó por temor o por agradar a esa persona. Siempre que tenga que tomar una decisión, especialmente cuando ésta tenga consecuencias para otras personas, hágalo siempre basado en la verdad. A los jueces, fiscales y abogados defensores, les digo lo que en una ocasión, y con mucha razón a mi entender, me expresó una amiga juez: “Decir la verdad tal como uno la ve requiere mucho valor cuando uno pertenece a una institución. Cuando se va en busca de la verdad uno va solo. La senda es demasiado estrecha para llevar compañía y para muchos es difícil soportar semejante soledad.” Por último, recuerde siempre que la salvación es individual.

Ser elocuente

Se necesita tener buena retórica, buen discurso, elocuencia y domino del lenguaje: tanto oral como escrito. No olvide que, el idioma en la litigación oral es lo que un fusil en la guerra. “Grandioso papel” hace el abogado litigante que no se expresa correctamente, ya sea en forma oral o escrita. Para ampliar su vocabulario, y así lograr mayor elocuencia, lo más recomendable es hacer de la lectura un hábito. El buen abogado debe mantenerse leyendo todo el tiempo.

Habilidad para identificar las controversias

Debe desarrollar habilidad para el análisis y la lógica. Poder comprender e identificar la verdadera naturaleza de un problema o controversia y llegar a conclusiones correctas respecto a las diversas soluciones y alternativas posibles. Es decir, “llegar al tronco y no quedarse en las ramas”. Saber separar la paja del grano. No deje de ver el bosque por quedarse viendo el árbol. Dedique todos sus esfuerzos a tratar de resolver la verdadera controversia que tiene ante sí.

Tener iniciativa e imaginación

Debe ser una persona de muchos recursos, iniciativa e imaginación. No dejarse dominar por convencionalismos. Dejar de hacer las cosas de determinada manera por el simple hecho de que siempre se han hecho así. En otras palabras: ser creativo e innovador.

Quien respeta lo absurdo atenta contra la razón. Como en broma digo en los cursos:

El abogado litigante debe entrar por donde dice salida.

En el abogado litigante un poco de irreverencia tampoco está de más. Como han señalado algunos: “El buen abogado litigante raya en el desacato……pero nunca cruza la línea.” En ocasiones, el transcurso del tiempo nos hace perder la perspectiva real de las situaciones, haciéndonos actuar de determinada forma por uso y costumbre: sin cuestionarnos el porqué lo hacemos. El siguiente cuento es la mejor forma de ilustrarlo: “Cuando cada tarde se sentaba el Gurú para las prácticas del culto, siempre andaba por allí el gato del ashram distrayendo a los fieles. De manera que ordenó el Gurú que ataran el gato durante el culto de la tarde. Mucho después de haber muerto el Gurú, seguían atando al gato durante el referido culto y cuando el gato murió llevaron otro gato al ashram para poder atarlo durante el culto vespertino. Siglos más tarde, los discípulos del Gurú escribieron doctos tratados acerca del importante papel que desempeña el gato en la realización de un culto como es debido.”

Ser asertivo sin ser agresivo

El abogado litigante debe ser además una persona asertiva sin necesidad de ser agresiva.

La persona agresiva es aquella que para expresar sus necesidades y lograr lo que desea, maltrata, hostiga, humilla y ridiculiza a las demás personas. Le da duro al otro: por donde le duele. Hasta causarle resentimiento y hostilidad. Hasta herirlo y humillarlo. La persona agresiva es egoísta y se siente superior. Por lo general, casi nadie le escucha y muchos le temen, pues exige sumisión y obediencia. Esta característica se observa mucho en personas que ocupan puestos de jefatura o autoridad, los cuales desempeñan por consideraciones ajenas a sus capacidades y méritos profesionales; ya sea por pago de deudas o favores, amistad con el poder nominador, relaciones afectuosas y sentimentales, por no decir sexuales, etc. Utilizan esa agresividad para ocultar su ineptitud y mediocridad. Evadiendo con ello la confrontación del subalterno que, en muchas ocasiones, está mejor preparado y cualificado que él, pero sin el poder y la autoridad para tomar decisiones. Por el contrario, la persona asertiva es la persona segura de sí misma y que sabe lo que desea. La que comunica lo que siente de forma clara y directa. Es espontánea y natural. Se enfrenta a los problemas en vez de evadirlos. Se expresa con firmeza sin ofender ni herir. Escucha y se interesa en la opinión de los demás. Si no está de acuerdo con algún punto, lo expresa con respeto y honestidad. Hace valer sus derechos reconociendo que el derecho de los demás también cuenta. Es la que confía en los demás y hace sentir al otro valorado y respetado. Tiene movimientos adecuados y voz firme, clara y directa. Su sonrisa es espontánea. Mira a los ojos del otro cuando habla o escucha. Camina con la cabeza erguida y paso firme. Va en busca de lo que desea sin pisotear, y reclama lo que es suyo y le pertenece sin agredir. Sabe escoger prioridades, tomar decisiones y aceptar las consecuencias. Acepta y reconoce sus errores. Sabe disculparse y aceptar la crítica negativa. Se atreve a negarse a hacer algo que no está de acuerdo con sus valores y principios, independientemente de quién sea la persona que se lo solicite. La asertividad se comunica a través del contenido y el lenguaje de lo que se expresa. De la comunicación no verbal o lenguaje corporal que habla mediante el contacto visual, la postura, el tono de voz, las expresiones y los movimientos del cuerpo.

Ser honesto y tener un alto nivel de ética

Es imprescindible que tenga un alto nivel de ética y profesionalismo. Luchar por su causa con vehemencia y con ahínco, pero de forma honesta, limpia y transparente. No tratar de obtener el éxito por medio del engaño, la trampa o la artimaña. La integridad y la honestidad son requisitos esenciales para el buen abogado litigante. Su palabra debe ser siempre de fiar. Máxime cuando se litiga ante los mismos foros judiciales día tras día. Debe tener además un amplio sentido de lealtad hacia aquellos a quienes representa, claro está, sin caer en el sometimiento. El abogado litigante puede sentirse tentado a poner en riesgo su integridad a largo plazo por obtener metas a corto plazo. Por ejemplo, entre otras cosas, puede, por el deseo de ganar un caso, hacer que sus testigos falseen la verdad al declarar en el tribunal o puede inducir a error al tribunal haciendo una falsa relación de los hechos o del derecho aplicable. Ningún abogado litigante debe ceder ante tales tentaciones. Podría con ello lograr ganar un caso, pero perdería, a largo o mediano plazo, su mayor tesoro: su credibilidad y reputación profesional. Éstas, no deben ponerse en riesgo por nada ni por nadie.

Tener buena presencia

Es muy importante también que tenga buena presencia en todo momento. Como reitero en mis cursos; desde que sale de su casa está en “vitrina pública”. En el bus, en el microbús, o en su vehículo, de camino a su lugar de trabajo la gente lo está observando. Como actúe y lo que hable en ese momento podría estar siendo observado y escuchado por otros con más atención de lo que se podría imaginar. Desde ese momento tiene que empezar a presentar una imagen de seriedad y compromiso con lo que usted representa.

Se sorprendería si supieran cuántas personas, para usted desconocidas, lo reconocen. Debe además ser una persona que se gane el respeto, admiración y simpatía de los demás. Ser considerado, comprensivo y cordial con aquellos que perciban las cosas de forma distinta a como usted las percibe.

Ser puntual y responsable

Dos requisitos de suma importancia para destacarse como un buen abogado litigante son la puntualidad y la responsabilidad. Situación que, en El Perú, debería mejorar, ya que con pasmosa facilidad se incumplen compromisos contraídos sin notificar del cambio o la cancelación de lo contraído a la otra persona. La prensa del país frecuentemente señala que se suspenden audiencias judiciales por la ausencia del fiscal o del abogado defensor. Esto es sencillamente intolerable para el acusado, la víctima y para la sociedad en general. La puntualidad es el distintivo de la gente responsable. Soy de los que opinan que la responsabilidad debe estar siempre presente, aun en los casos que parecen carecer de importancia. Actuando responsablemente comienza a ganarse el respeto de

los demás y gozar de respeto en esta profesión es determinante.

Conocimiento y dominio de la legislación penal

En el nuevo sistema oral el abogado litigante debe tener un vasto conocimiento de la legislación penal vigente. Ya no hay tiempo para consultar textos ni para consultar a otras personas. Es en el momento, cuando el juez le requiere su posición respecto a determinado asunto, que hay que responder: no después. Recomiendo siempre a los abogados que dediquen, por lo menos, dos horas diarias para leerse el Código Penal y el Código Procesal Penal desde el principio hasta el final. Que lo hagan sin ningún tipo de presión. Es decir, no como para tomar una prueba, sino para comprenderlo y dominarlo.

Ambos Códigos son sus principales instrumentos de trabajo. Cuanto más los domine, con mayor eficiencia, excelencia y maestría realizará su labor; ganándose de paso el respeto y admiración de los demás. El CP y el NCPP son para el abogado litigante lo que el clavo y el martillo son para el carpintero.

Saber escuchar

Tiene que aprender a escuchar a los demás. Para poder opinar con corrección y enfrentarse al adversario debe primero escuchar con atención lo que éste tenga que decir. Si no lo hace, no sabrá lo que tiene que rebatir. Escuche para que lo escuchen o para que pueda exigir que así lo hagan. Nunca interrumpa la alocución del contrario, a no ser por medio de una objeción. Espere siempre su turno con paciencia, elegancia, cortesía, educación, y sobre todo, con mucho estilo. En resumen, descubrir y reconocer sus limitaciones debe ser el primer paso a tomar para mejorarse como persona. Sin embargo, es de las cosas más difíciles de aceptar. Si decide ser un abogado litigante en el nuevo proceso oral, evalúe si posee estas cualidades. Si no las posee, trate de hacerlas suyas. De no lograrlo, le recomiendo se dedique a otra especialidad del Derecho que no sea la penal. Cuando uno decide emprender alguna tarea o actividad, por más sencilla que ésta sea, debe ponerse como meta ser el mejor en ello. No se conforme con ser menos que el mejor. Para hacerlo, como para todo aquello que realmente vale la pena, se requiere de mucho esfuerzo y sacrificio. Si pone el esfuerzo necesario de su parte, seguramente logrará todo lo que se proponga hacer. El que persevera tiene siempre mayores probabilidades de triunfar. Por último, si decide ser un abogado litigante no tenga como única meta el producir dinero con el único propósito de enriquecerse. Tenga siempre presente que sus conocimientos pueden ser de gran ayuda para personas que no tienen los recursos económicos para sufragarlos. Aprenda a disfrutar del placer de servir a los demás sin esperar nada a cambio. La gratificación que esto brinda es irremplazable. La magnitud de su cuenta bancaria y la de su casa o su carro no tienen nada que ver con la sensación de alegría y felicidad. Este mundo está lleno de millonarios desdichados: no lo dude.

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