Patria y Hogar

Quiero compartir con ustedes fragmentos de un magnífico libro editado solo a 10 años después de haber concluido la guerra con chile, donde se relata con crudeza verdaderas experiencias de peruanos que sufrieron y resistieron esta invasión

Patria y Hogar

Vivía en Pisagua, antes de la guerra con Chile, un matrimonio modelo. Don Alejandro Ruiz y Doña Hortencia Cevallos, ambos de Lima, se habían casado el año de 1862 y habían partido á establecerse en aquel punto, donde tenía sus negocios el padre de la recién desposada, que ofreció a Ruíz, generosamente, parte de su capital y de su crédito, para que trabajara á su lado, y no separarse de su hija, á la que amaba entrañablemente, porque le recordaba á la mujer amada muerta al dar á luz á esa niña.

La casa prosperó bajo la inteligente decisión de Don Antonio, y el matrimonio alcanzo á reunir una pequeña fortuna de cien mil soles. Hízose entonces Ruiz exportador de salitre y llego á realizar pingues ganancias.

Al declarar Chile la guerra al Perú, Ruíz había decidido ya partir á Europa, á educar a sus dos hijos: Juan y Pascual, quienes en 1879 contaban con dieciséis y trece años respectivamente. Doña Hortencia debía acompañarlos y su padre, quedarse á cargo de los negocios. Cuando la noticia de la toma de Antofagasta estalló como una bomba en el continente, Don Antonio, patriota hasta la médula de los huesos, declaro que aplazaba su viaje, porque comprendía que el Perú iba á verse envuelto en la guerra. Su noble esposa fue de su mismo parecer; y efectivamente, así que la nación del sur arrojo el guante á la histórica tierra de los incas, Ruíz se alistó en la guardia nacional; dio veinte mil soles como donativo para la adicción de elementos bélicos y ofreció, si era necesario, toda su fortuna, tan laboriosamente ganada, para la defensa nacional.

El 02 de noviembre de 1879, casi un mes después de la caída gloriosa del Huáscar en Angamos, decidido Chile á llevar las hostilidades adelante, abordaron tierra peruana los primeros diez mil soldados que debían operar un desembarco en Tarapacá, y que fueron enviados en diecinueve buques de la escuadra. En esa fecha memorable se presentaron esos buques á Pisagua, caleta cercana a Iquique, é inmediatamente comenzaron el bombardeo de la población con sus cañones de largo alcance. Por toda guarnición había en Pisagua ochocientos hombres de línea, al mando del comandante Recabarren, hoy general de la república, y cosa ciento veinte ó ciento cincuenta guardias nacionales.

La resistencia de los peruanos fue heroica en ese lugar, pues sólo poseían para ponerse al desembarco de fuerza tan formidable, dos pequeños cañones antiguos y su inmenso entusiasmo, avivado por el amor á la patria.

Desde que los primeros botes se desprendieron de los barcos chilenos, la población comenzó á arder por todas partes. El tren que se llevaba á la gente indefensa é inútil en un combate, y que iba cargado de ancianos, mujeres y niños, recibió algunas bombas, que hicieron buen número de víctimas. Sin embargo logró salir de Pisagua con su precioso cargamento humano.

En vano Ruíz rogó a su mujer y á su suegro que marcharan; en vano les rogó que pusieran en salvo á sus hijos y las joyas que pudieran llevar. El valeroso anciano y la fiel esposa se negaron tenazmente á ello y manifestaron á Don Antonio que preferían morir allí todos con él, á dejarlo expuesto á los azares del combate y del asalto.

Existían en Pisagua miles de toneladas de salitre y carbón de piedra, que sirvieron de combustible al fuego é hicieron más espantosa la situación. Los saldados se batían en la playa á pecho descubierto. Dos veces retrocedieron los botes; algunos se hundieron con su carga en el mar, otros se quemaron; pero entonces la escuadra redoblo sus fuegos y los ochocientos hombres de Recabarren tuvieron, á su vez que retroceder lentamente, entre el humo y las llamas, dejando libre el paso al enemigo.

Cuando hubo, al fin, la pequeña guarnición diezmada por la metralla de retirarse, Ruiz pidió permiso para entrar un momento á su casa. Una vez en ella el valiente patriota quiso despedirse de los suyos, pero estos se colgaron de su cuello y le suplicaron con lágrimas que no los abandonara.

No me iré –dijo Don Antonio,- pero si me prometen ustedes ayudarme á defender caras nuestras vidas.

Por los ojos de Juan pasó un relámpago de orgullo. Se entró en las habitaciones interiores y regreso, al cabo de un momento, armado con una carabina Winchester. Ruíz se lanzó á la calle, recogió cuatro ó seis rifles, y todas las cápsulas que halló regadas á su paso, y volvió á entrar después de examinar con ojos de tigre desesperado el incendio, y de oír el lejano toque de las cornetas de sus compañeros que se retiraban.

Doña Hortencia nada decía, pero en su hermoso rostro, que los años no habían logrado injuriar, puso el ángel de la resignación una sonrisa tristísima y llena de lágrimas. Beso a sus hijos, á su padre y á su marido y se entro en oratorio, donde cayo desplomada de rodillas y sollozando, ante una imagen doliente de Cristo crucificado.

Quienes se figuren que el escepticismo ha invadido por tan completo modo nuestra alma, que no sepamos comprender y respetar la oración de una madre, se equivocaron en lo absoluto. Nadie, mas que nosotros, sabe lo que es elevar el alma á la región de lo desconocido y en busca de consuelos que no se pueden hallar en la tierra. Si el cielo permanece inmutable, si los astros brillan con el mismo fulgor, si el viento arrastra á las nubes por el mismo lado y mece siempre de igual modo las hojas en el bosque; si el ave canta su canción eterna y el dolor cumple su misión purificadora; no por eso el espíritu deja de sentirse aliviado, después de haberse dirigido al Ser superior, que fingido ó verdadero, ha puesto en el corazón humano un átomo de fe y ha encendido en el camino de la humanidad desesperada el sol de la esperanza.

La oración es el puente entre el alma y Dios, ha dicho Víctor Hugo. Doña Hortensia alzó sus ojos llenos de lagrimas á la imagen ensangrentada de Jesús; y juzgo en su locura, en su desesperación, en su delirio, que la mirada de la insensible escultura se animaba y se clavaba en ella con expresión de infinita piedad.

Afuera el mar rugía y se estrellaba en las rocas con estruendo; el incendio avanzaba como avanzan manadas de leones contra las caravanas en el desierto; la metralla estallaba contra las paredes de los edificios que ardían y los chilenos marchaban siempre adelante, como los genios de la destrucción y la matanza de los viejos poemas de la India.

Ruíz distribuyó las armas y parapetándose con los dos niños y el anciano detrás de una tapia del corral de la casa, comenzó á rechazar á tiros á los chilenos que avanzaban en esa dirección. Al principio éstos n o calculaban de dónde se les atacaba; pero los tiros iban siendo tan repetidos y tan certeros que al fin éstos vieron á los cuatro peruanos. Un oficial reunió á veinticinco hombres y avanzó con ellos hacia la casa.

Ruíz ordeno á su pequeño ejercito que todos hicieran fuego simultáneamente con él, mientras quedaran cartuchos, y de la primera descarga vio caer efectivamente á tres hombres. Los demás siguieron avanzando á la carrera. Dos cayeron al recibir la segunda descarga y otros tres á la tercera. Los diecisiete chilenos que quedaban en pié, se detuvieron un instante como para deliberar, y en seguida, desplegándose en guerrilla, marcharon haciendo un fuego terrible sobre la casa. Otros dos rodaron aún, muerto el uno, gravemente herido el otro. Los restantes llegaron á la puerta. Un sargento, especie de gigante, comenzó á echarla abajo á culatazos, mientras sus compañeros sostenían combate con la reducida guarnición.

–– ¡Fuego al hombre de la puerta! –– gritó Ruíz.

Cuatro tiros partieron al mismo tiempo y el soldado cayó como fulminado por el rayo.

En aquel instante Pascual, el hijo menor de Ruíz, recibió un balazo en la frente. El padre y el abuelo se lanzaron á recibirlo en sus brazos, cuando lo vieron vacilar, pero hubieron de abandonar rápidamente la tapia, al sentir que la puerta volaba hecha astillas. Subieron la escalera interior que daba á las habitaciones, y derribando los muebles, para formar una barricada, continuaron haciendo fuego por las ventanas.

El ruido afuera era ensordecedor. Los batallones entraban á Pisagua por distintas direcciones. El salitre ardía en sus depósitos alzando en armas llamas……. A lo lejos se oía la corneta peruana de las tropas de Recabarren, que llamaba á los rezagados.

Los asaltantes de la casa de Ruíz se dividieron en dos grupos. Uno compuesto por el oficial y cinco soldados se lanzó á la carrera, mientras los diez restantes sostenían el fuego contra las ventanas. El viejo cevallos saltó por una de estas y desde lo alto de la amagada escalera comenzó á disparar contra los chilenos. Hermoso estaba aquel anciano de cabellos blancos, rico y feliz hasta el día anterior, obligado ahora por terribles circunstancias y por amor á sus hijos á morir matando. Un tiro del revólver del oficial le hizo caer sobre una rodilla; otro balazo lo derribó; pero aún tenía vida, y cuando los chilenos pasaron por encima de su cuerpo, logró aferrarse á la pierna de uno de los soldados, hacerlo caer y clavarle las uñas en la garganta, en la desesperación de su dolorosa agonía. Poco después sus fuerzas desfallecieron, soltó su presa y murió con los ojos desmesuradamente abiertos y las manos crispadas. Pero el chileno tampoco se levantó: las garras del león moribundo le habían herido de muerte.

Franca la escalera, los chilenos se precipitaron por ella y asaltaron el salón por las ventanas. Entonces la escena se hizo sublime. Un hombre desfallecido por cuatro horas de incesante lucha y un niño de dieciséis años, contuvieron el ímpetu de catorce veteranos del ejército enemigo, sirviéndose de sus fusiles como de rudas mazas de las que usan los salvajes. Ruíz pudo herir á dos hombres y Juan á uno más; pero dos de aquellos bandidos se lanzaron sobre el niño y casi le ahogaron entre sus brazos de hierro. Ruíz, loco de dolor y de ira, echando llamas por los ojos, repartía golpes á diestra y siniestra, manteniendo á raya á sus enemigos. Derribo un sofá y colocándose detrás, de un solo salto, logró evitar que le tocaran dos balazos que le dispararon casi á boca de jarro. Ágil como el tigre, sentía que sus fuerzas se centuplicaban en aquella hora suprema. Vio un rifle armado de bayoneta al alcance de su mano, se agachó y lo empuño, arrojando a la cabeza de uno de sus enemigos, que cayó lanzando una blasfemia, su arma destrozada. Armado así nuevamente se precipito en medio del grupo de los chilenos é hirió á dos y mato aun tercero. Pálido, jadeante, cubierto de sangre, de sangre ajena y propia, que se derramaba por veinte heridas, contó con la vista á sus adversarios. Ocho quedaban de los veinticinco hombres que habían atacado su casa: dos o tres se arrastraban, quejándose por la alfombra destrozada: los demás estaban muertos. Pero sus hijos y el anciano á quien consideraba su padre, habían sido propiciatorias victimas en aquel horrible día. Era preciso salvar a Hortencia, y morir también después como bueno. Mientras hacía estas reflexiones, rápidas como la centella que rasga el cielo en la tempestad de las punas, sintió Ruíz abrirse la puerta del oratorio de su esposa y aparecer á ésta, blanca como el traje que vestía y muda y espantada como la imagen del terror y la desolación. En el instante en que volvió la cabeza para mirarla, recibió un balazo en una pierna. Los chilenos á la vista de la hermosa dama lanzaron un alarido de triunfo y se precipitaron sobre ella. Pero el hombre aquel que defendía su hogar y su patria con el aliento sobrehumano, se atravesó en el camino de sus enemigos y lucho aún, luchó con ellos fiero como el león á quien los perros asalta en su cueva. Uno de los soldados logró cogerlo por la cintura; mas él le arranco un trozo de la mejilla con los dientes, en el momento en que recibía dos bayonetazos en la espalda. El chileno lo soltó dando un grito terrible.

Ruíz casi exánime pufo decir á su esposa:

–– ¡Toma! ¡Mátate! ¡Mátate!, ¡para que no caigas viva en su poder!….

Y le arrojó la bayoneta tinta en sangre, arrancándola del cañón del rifle.

–– ¿Y mis Hijos? –– gritó ella.

¿Te diría yo que te mataras si vivieran? –– exclamó Ruiz cayendo desmayado.

Entonces cuando los cinco chilenos que aún quedaban vivos quisieron apoderarse de doña Hortencia, la noble esposa y amorosa madre, rechazó violentamente al primero que extendía la mano, y se hundió en la garganta la bayoneta con que Ruíz había defendido con tanto heroísmo su hogar destruido y su patria escarnecida.

Mirándose aterrorizados aquellos hombres, y el oficial que alentaba aunque gravemente herido murmuro:

–– ¡Mucho trabajo va á costarnos vencer á este pueblo de valientes!…

Y paseó se mirada por el campo de batalla. El Cadáver de Ruíz yacía tendido boca arriba: Una sonrisa de fiero desdén plegaba sus labios y de sus ojos parecía brotar aún el rayo que había aniquilado á una veintena de hombres antes orgullosos con su triunfo.

El cuerpo de Juan Ruíz, el pobre adolescente que no pudo gozar ni de la vida ni de la fortuna de sus padres, yacía cerca de su heroica madre, y parecía que ella le miraba con infinita tristeza.

–– ¿Qué hacemos, mi teniente? –– preguntó uno de los soldados con voz ronca.

–– Llévenme ustedes al hospital porque siento que se va la vida, y luego vuelvan por todo lo que encuentren en esta casa, que nadie podrá disputarles…. La han ganado ustedes bien.

Arrancaron una colgadura del salón: la transformaron en hamaca, y dos de los soldados se llevaron al oficial, mientras los otros tres descerrajaban muebles, abrían cómodas y saqueaban baúles por todas partes.

Un cuarto de hora después la casa estaba convertida en una inmensa hoguera, cuyas lenguas rojas se elevaban hasta el cielo, y el humo llevaba hasta las cámaras de los buques chilenos, donde se celebraba tan vergonzosa victoria con sendas copas de champagne, olor de carne quemada y de sangre que el calor comenzaba á descomponer rápidamente.

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